
viernes, 18 de marzo de 2011
Negarse

jueves, 10 de febrero de 2011
Los nervios de Dios

sábado, 5 de febrero de 2011
Dinosaurios
Una idea me salvó de mi melancolía: si abría la maleta para cambiarme de ropa, debía cerrarla inmediatamente. Una amiga de una amiga había estado en el Chelsea, y al regresar a su casa se había encontrado una cucaracha. Registré la habitación sin moverme y decidí que eso me podía ocurrir perfectamente a mí. Podía ser melancólica, pero sin distraerme. Había que ser muy meticulosos en NY.
La alfombra era viejísima y había un lavatorio en el dormitorio, como ocurre en las películas europeas. Una chimenea blanca que ahora servía solo de escaparate para cuatro cachivaches decorativos. Una ventana desde la que se divisaba, muy a lo lejos, una especie de domo. Olor a humedad y también olor a humedad en el pasillo, donde estaba el baño compartido. En el baño, mensajitos firmados por los habitantes del hotel: “Hola, por favor dejen el baño cerrado con llave. John y Sally”. Cosas así.
A pesar de que me sentía un poco Barton Fink, en cierto modo también era muy feliz. Salí a caminar sin una idea clara del lugar al que iría, total al día siguiente me encontraría con un amigo que me guiaría. Mientras paseaba, me repetía internamente, supongo que como muchos, “estoy en Nueva York”, del mismo modo en que Emma Bovary murmuraba “tengo un amante”. Como muchos, también, tuve sentimientos encontrados y la ciudad me pareció demasiado vertiginosa y grande para mí. Antes de dormir (puse pestillo a la puerta) pasó por mí una habitual combinación de alegría y miedo, combinación que en algunas personas es frecuente. Me sentía feliz de dormir rodeada de los fantasmas del Chelsea. Y sentía miedo de la realidad.
Todo cambió cuando llegó mi amigo. Fue otro N.Y. Nos reímos mucho. Sacamos fotos en la famosa escalera del hotel, observamos los cuadros, y él, como pintor, me orientó mucho al respecto. Lo que había que amar, lo que había que mamarrachear. En el ascensor topamos con fantasmas vivos, que en justicia debieran haber estado allí en los sesenta. Y salimos a la calle.
Lo recuerdo todo ahora no solo porque lo viví con especial intensidad, sino también porque en estos días leo Eramos unos niños, de Patti Smith, y me da un poco de pena no haber tenido el libro antes. Pienso que querría haber vivido esos días con el libro bajo el brazo, recorriendo los espacios por los que transitó esa generación de músicos, artistas y escritores que se creían chamanes, magos o santos.
En el libro, que es el recuerdo de una relación de amantes y amigos que se desarrolló en gran parte en el Chelsea. Una relación casi de hermanos, la de ella con Robert Mapplethorpe, en la que hay algo muy triste, y es, obviamente, el contraste entre la vitalidad y el desparpajo de ellos y sus amigos y conocidos, todos muy jóvenes, y el hecho de saber que la mayoría murió así: tan joven.
Su libro es un libro crepuscular, como la imagen de Hopper, como mucha de la música y las letras de la propia Smith, como las letras y la música que escribían sus colegas. Leyendo el libro (y a estas alturas supongo que con muchísimo retraso), recojo aquí una canción de Tim Buckley, que resume mejor que todo esto la muerte de Mapplethorpe y el abandono de ella, mi paseo por Nueva York, la mujer sentada en el hotel, los dinosaurios que desaparecieron, el hecho de sentarse a escribir después de muchos meses sobre algo que ocurrió entonces, pero que en realidad también ocurre hoy, libro mediante. Es, de algún modo, como si recién estuviera abandonando el Chelsea:
martes, 1 de febrero de 2011
Un día de vacaciones

Y, curiosamente, un libro que ahora recién empiezo y que habla de otras infancias: Eramos unos niños, de Patti Smith. Ella me llevó hasta esta imagen, de Odilon Redon.
jueves, 6 de enero de 2011
Dos historias breves, dedicadas

Una historia dedicada a Claudia Amigo (por lo de las avestruces flaubertianas):
«Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».
Y otra historia del mismo y hermoso cuento, dedicada a todos aquellos que se resisten a desaparecer:
«Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron».
martes, 4 de enero de 2011
trabajos de enero

jueves, 16 de diciembre de 2010
REGALAR

Cuáles: el tema del libro exacto. El libro exacto existe, lo he recibido. Pocas veces, las suficientes para sentirme contenta. Pero incluso mejor que recibirlo es regalarlo. Sin duda no hay nada como regalar el libro exacto y ver la cara de esa persona querida. Mejor incluso si el libro exacto es tu libro, lo tomas de tu biblioteca y lo regalas en el acto. El otro te mira entonces perplejo y emocionado. Ese es un momento hermoso.
Si a mí me regalan el libro exacto lo siento como un milagro: de pronto te han cubierto con la mirada y puedes sentirte tranquilo, el libro exacto es una especie de demostración ontológica. Existes. Eres. Te sientes tan agradecido y no tiene nada que ver con otros regalos, regalos que pueden parecer mucho mejores. El del libro exacto dice tanto de la relación con el otro, de los escorzos, de atisbos de sensibilidad. Pero a veces esos atisbos, esa sensación de tranquilidad y encuentro puede ser una mentira triste: ha habido personas que me han regalado libros muy exactos, pero no me amaban; puede que incluso ni supieran que yo existía. La excelente elección, entonces, no era una demostración ontológica, sino una demostración de fuerza, de pulso literario, y el gesto no revelaba más que la habilidad de estas personas para escoger los libros. Eso era todo.
Y se me ocurren más decepciones, como por ejemplo haber regalado esos libros que eran importantes para mí, pensando que iban a ser igualmente importantes para otro (lo que revela en realidad el propio egoísmo o la incapacidad para escuchar o ver ese libro que no es el de uno, que no es uno). O la peor de todas: regalar libros importantes a personas equivocadas. Me ha ocurrido y por momentos piensas que estuviste loco, porque donde veías a alguien (la persona que merecía ese libro) había apenas algo más que un animal. Apenas.
Cosas que pasan con los libros. Y con los regalos. Y con las personas a las que creemos conocer.
La contracara de la pena –o quizás no pena: dejémoslo en disgusto- la encuentro en los momentos en que aciertas. Probablemente no hubo mejores libros que los que le regalé a mi amiga Claudia, que llega ahora Chile. A mi amiga Claudia no la veo todo el año; quizás si por esa distancia, creo que apenas se da cuenta de que ella, para mí, es particularmente importante. Ella es real (¡mucho!), pero al mismo tiempo es un personaje que he venido creando, queriendo, mimando en mi imaginario. Ella está en Brasil, yo estoy en Chile, pero siempre siento que estamos las dos en un lugar anónimo, lidiando con nuestras vidas y con los libros regalados, comprados, prestados, y con la enseñanza de los libros y la investigación de los libros. Ella me regaña en el chat. Yo le cuento mi vida como si se tratara de una novela (o novelucha, más bien) y ella me regaña en el chat y se ríe de mí, pero no se da cuenta de que ella también tiene su novela y que su novela, por cierto, es mucho más compleja y sofisticada que la mía. Aunque cree no hacerlo, me cuenta igualmente una novela, en que Perec pudiera estar vivo porque la llama por teléfono (o porque está a punto de hacerlo). En la novela de Claudia, Madame Bovary es un personaje ridículo y sublime a la vez y los sentimientos por los libros que regalamos aparecen, seguramente, como pensamientos ociosos sin ningún sentido.
Me ningunea, mi amiga Claudia, pero me ningunea con cariño y con conocimiento de causa literaria. A ella le regalé, poco después de conocernos, un libro de la Kristeva. Una semana después nos encontrábamos y me comentaba que la Kristeva era lo peor, porque había escrito lo que pensaba escribir ella. Me dio risa y me causó admiración: qué ganas de poder decir esas cosas, qué ganas de ser amiga de alguien tan desfachatado. Y lo fui. En todo caso, no era ese libro el que me hizo pensar en Claudia. Ni siquiera fue un libro regalado el que gatilló el recuerdo: fue un libro apenas prestado. Le presté Las cosas, el mejor préstamo que hice en mi vida, porque de ahí salió una tesis doctoral pero también algo mucho más poético que eso: una maravillosa lectora de Perec, que luego me enseñó muchas cosas. Y una amistad que ya dura 15 años. Nada más gratificante: el retorno, el cariño, el sentimiento de orgullo por haber construido algo tan hermoso, en gran medida a través de los libros.
Recuerdo otros libros que regalé. Pasos hacia una ecología de la mente, a la persona más filosófica que conocí en mi vida y que supo relacionar –algo misterioso para mí- la escuela de Palo Alto con la filosofía de Spinoza y Deleuze. Recuerdo que me sentí feliz cuando me dijo todas esas ideas inalcanzables. Fue antes de que naciera nuestra hija, tiempos de belleza singular, irrecuperable.
También recuerdo haberle regalado, con fortuna, muchas novelas a mi amiga Marcela, pero sobre todo me acuerdo del día en que le regalé un libro que creo era azul: Cuando era feliz e indocumentado. Pienso que estábamos todavía en el colegio; ella amaba a García Márquez (de hecho, muchos años después le puso Esteban a su primer hijo) y me miró con alegría adolescente. Hasta hoy somos las mejores amigas. A la Toña, otra amiga querida, le regalé El lector y Una novelita lumpen con intención de leer las dos novelas, sin haberlas leído... presintiéndolas. La segunda se la pedí prestada para salir de la duda y la tengo todavía en mi poder, con mi propia dedicatoria. Le agradezco a la Toña porque sé que a ella también le gustó y no me reclama por el largo cautiverio.
Recuerdo, también, los momentos un poco borrosos ya, en los cumpleaños o las navidades, cuando mi primo abría con nerviosismo los paquetes correspondientes a cada una de sus múltiples y caprichosas etapas: japonesa, española, houllebequiana. Y recuerdo haber regalado con cariño e inocencia, hace más años aún, unos libros de Kavafis y de Kazantzakis, y que en ese momento poder regalarlos fue algo que me hizo muy, muy feliz.
Recuerdo libros de cocina (ninguna banalidad, me gustan mucho y creo que se los regalé a las personas indicadas). Recuerdo libros de niño. Recuerdo libros pequeños poco conocidos. Y libros gordos y muy caros. Sí, recuerdo mi felicidad, regalando libros.
Y es que no espero ya que me regalen el libro exacto (para mi cumpleaños me regalaron, entre muchos muy buenos, un libro de cuentos que lo es y sobre el cual espero escribir pronto). Ahora me interesa sobre todo acertar en los regalos: en que el libro sea el esperado y poder sentir ese toque de alegría del otro. Pero más aún, acertar en las personas: poder regalar el libro exacto al lector exacto.
jueves, 6 de mayo de 2010
siempre me entristece la muerte de un autor

Quiero y no quiero. Como los paseantes que se internan en los bosques y no saben si quieren detenerse y esperar o bien continuar su paseo, sabiendo que los bosques ocultan peligros pero también mariposas e incluso, puede ser, algo entre mariposas y peligros, como la casita del cuento de Hansel y Gretel. Quiero y no quiero. Brilla un sol helado. Cierro los ojos en un bus que no sé a dónde me irá a dejar porque desconozco el tráfico de California, quizás me detenga a unas cuadras de Chile, donde quiero y no quiero estar. Tengo varios libros abiertos en las piernas. Quiero y no quiero leerlos. Quiero y no quiero criticarlos y básicamente quiero y no quiero aprender a hacer críticas, porque, ¿quién sabe hacerlas? ¿Quién puede enseñarnos? Internet gira a mi alrededor y quiero y no quiero ser corpórea como en una pesadilla borgeana de juventud. El cuerpo es maleable. El cuerpo y todo y lo demás y por eso quiero y no quiero querer. Quiero ser la sobrina de rodillas raspadas de un poema de Germán Carrasco. No quiero ser la sobrina, quiero ser el tío. Quiero ser la sobrina y el tío o mejor aún, quiero entrar en ese poema y vivir ahí por un tiempo, tanto como ande extraviada en el bus o tanto como me demore en quemar mis grasas o tanto como me obstine en ser madre, hija y esposa, pero viviendo en el poema será más fácil. Oh sí. Y quizás no. Por eso quiero y no quiero. “Lo neutro puede remitir a estados intensos, fuertes, inusitados”, explicaba Roland Barthes en una de sus clases y quiero y no quiero saber en qué estaba pensando. Quiero y no quiero escuchar un documental sobre las deportistas haitianas que no tienen casa. Quiero y no quiero oír las voces del OCTA como quise y no quise leer hasta el fondo más de una novela. Quiero y no quiero volver a leer lo que yo misma he escrito y que también yace abierto, sobre mis piernas, en un computador. Puede estar muerto, ya. Sacudo las piernas. Voy corriendo y saco un fragmento genial de una estantería. Un japonés pobre se hace un harakiri, un japonés que perdió a su hija en el centro de Santiago. Quiero leer pero apenas leo lo demás. Hay una película que nadie ve y me da miedo. Por eso me monto en un bus hacia la playa. La playa es siempre la misma y en ella me paseo de un lado a otro y siempre estoy sola. ¿Por qué? Me paseo de un lado a otro y es siempre la misma playa, aquí, allá, donde sea que me encuentre, la misma playa a la que no llegué. La voz que no oí, los libros abiertos sobre mis piernas y las piernas de otros, una fila de lectores en la playa, leyendo libros que quiero y no quiero leer. Una fila de vociferantes que repasan las páginas. Gritan de un extremo al otro de la playa, gritan sobre la guerra. Alguien me susurra algo: existe la literatura salvadoreña. Quiero y no quiero decirle muchas gracias, ¿será posible? Pero esa persona desaparece. Una comitiva de escritores salvadoreños me acompaña en el OCTA y llevan sus libros sobre sus piernas abiertas. El conductor nos ordena ponernos de pie. El conductor se da vuelta, me ve y me señala por indecente. El conductor me pide que saque el libro abierto sobre mis piernas y que me baje en la próxima esquina, en medio de la nada. Quiero y no quiero proponerle que me lleve hasta el final del recorrido. Quizás regresemos por el mismo lugar. Quizás no, quizás no hay regreso. Quizás es un lugar aún más inhóspito, demasiado lejos de los poemas. Demasiado lejos de Facebook y las páginas abiertas que quiero y no quiero leer. Demasiado lejos de la maternidad. La maternidad que es una boca, no una boca de metro, ni una boca de río. Una boca pequeña, el principio y el final de otro, esa boca, desgarrando el pequeño pezón. Quiero y no quiero ver la verdad. La verdad no quiere verme, definitivamente, y he muerto esperando que se abran las puertas que me recibirán y eso ha sido a causa de mi temor enorme. ¡Cuántas páginas más deberé leer para poder decir algo sobre esto! Baja, mujer, me ordena un nuevo conductor porque el otro ya se ha ido. En la playa un desfile de personajes femeninos amortajados. ¡Hasta cuándo! ¡Abran los libros sobre sus piernas y lean, lean y lean! Ellas plañen. Yo diviso a alguien que viene caminando por la playa pero sé que no llegará jamás. Lo veo hundirse en la arena y salir. Y así, durante horas. Finalmente me hace un gesto con la mano, un gesto inconfundible. El sol, también finalmente, nos derrite a todas, el agua salada nos barre y las palabras saltan de los libros y huyen como ratas.
domingo, 28 de marzo de 2010
No hay imagen
He estado callada, como se debe estar cuando todo lo que se dice resulta estúpido.
Y es que estúpida, me reí con toda la boca por las penurias de la política chilena, consciente de que hay que hacer algo más que reírse... consciente de que necesitaba hacer lo que sé hacer: reírme menos y seguir leyendo.
Poco antes del terremoto me llegó de Tomé un libro oscuro y triste, con la tristeza de una pantalla que parpadea en la madrugada. Debo un comentario del libro, porque se antepuso al comentario el terremoto enorme. Y en los días que siguieron intenté recordar cómo era Tomé. Pensé en la madre de una amiga, una mujer genial, que nos llevó ahí, también a Laraquete, Dichato, Lota y Coronel, en un fito medio destartalado. Con ella hicimos una inolvidable travesía de Concepción a Chillán, muertas de calor y de asfixia, por caminos de tierra y el fito adelante, sin parar, y las tres mujeres y un niño pequeño, con nuestro objetivo muy claro, cansadas pero felices de escaparnos. Ese viaje fue hace mucho tiempo y solo quedamos dos de sus protagonistas y ninguna vive ya en la casa de San Pedro de la Paz.
Recordar, pensar y leer es difícil cuando escuchas por días la letanía de los medios. Se puede, aunque con la seguridad de que estás mal enfocada (siempre). Qué te pasa, dices. Y la bulla alrededor, la sensación de estar oyendo mucho, te impide escucharte.
No tiene nada que ver, o tiene mucho que ver, pero además de la poesía que viajó desde Tomé y que recibí confesando mi tontería de no poder leer poemas, leí durante este tiempo las Obras Completas de Marta Brunet, algo que me descolocó totalmente y que agradezco y de lo que quisiera decir tantas cosas, desde que me ayudaron a entender de otra forma El lugar sin límites, de José Donoso, hasta que con esos libros entendí de otra forma el país de silencio que es Chile.
Y sin que tuviera nada que ver o tal vez sí, porque en eso los libros son misteriosos y guardan siempre cierta analogía con algún proceso mental, aunque sea con la enajenación, leí una novelita de Mario Levrero, Nick Carter, que me trajo nuevos y ambiguos recuerdos, de la literatura pornográfica que escribía alguien que conocí hace mucho tiempo (menos interesante que Levrero, por desgracia).
Leí fragmentos de libros que no pude terminar porque no era el momento. Y escribí un poco y decidí, aunque a veces no quiera, seguir escribiendo este blog para nada y llamarlo pública y privada: sin novela, sin novela ausente porque la novela ausente ya me daba náuseas.
No encontré imágenes con que ilustrar este posteo. Siempre me gusta buscarlas.
El terremoto continúa siendo esta noche, ahora está siendo.
Mi planeta jadea y jadea.
martes, 15 de septiembre de 2009
Circo pobre

"Cuando los ataúdes se hacen a la mar", Alfonso Alcalde
Alcalde escribió más de una vez sobre circenses (decía haber trabajado con ellos). Los de esta historia van a parar al cementerio de Tomé, como el propio Alcalde, mirando al mar. Parias, todos. Y por eso me acordé de ellos cuando leí la novela Jueves, publicada por Luis Valenzuela el 2008 (Calabaza del diablo). Porque Betulio, Fresno y Valenzuela, sus protagonistas, también lo son. Y esperan como payasos pobres, con pocos derechos y menos pretensiones, que algo ocurra. No les es dado esperar lo extraordinario (Godot les queda muy grande): lo que ellos esperan es una vaga celebración que les permitirá encontrar una todavía más difusa felicidad. Beben unas cervezas. Miran la tele. Están siempre "ad portas" de algo. Nada extraordinario les acontece porque incluso lo extraordinario (la seducción, el incesto, el homicidio, la estafa) tienen en el relato del parco narrador un tufillo triste. Los personajes viven atrapados en una talla infinitamente fome.

La novela presenta ocho horas de espera: desde las 19:19 hasta las 2:52 de un jueves. Por las descripciones de escena y los diálogos de los protagonistas, se podría asumir su atractivo en cuanto texto dramático. Pero da cabida igualmente a la relación biográfica, un relato de formación un poco insulso, en que el narrador, semihuérfano, sienta a la mesa a la familia de sus tíos, un clan con algo de La matanza de Texas. Entre ellos se encuentra una prima homicida, (la "puta", la "coja") que seduce y repugna al misógino narrador. Si bien el relato de infancia no avanza o avanza poco y me parece uno de los puntos más débiles de la novela (es donde además se instalan las redes de la autoficción, lectura autorizada por la mención, una sola vez, del apellido "Valenzuela"), es a partir de él que se va construyendo la voz monocorde que avanza hasta el final, hasta estar "ad portas" de la nada misma, en la secuencia final de la novela. Esa voz es producto de un trabajo severo y sobre ella se edifica este departamento de 35 metros cuadrados, en que tres parias que no son orilleros, desterrados ni marginales, porque su lugar está bien anclado en un tipo de clase media, despliegan su indolencia, su falta de energía vital, sus horizontes en el loco destello de la tele, en las rutinas del novio de Chile, Pepe Tapia, en las discusiones chovinistas sobre la nacionalidad de Raquel Welch.
A ratos, el grupo deja desahogarse al literato Fresno, pobre de referencias, que "sabe muy poco de literatura", que "huele lo literario a medias y lo vomita" y que, sin embargo, promete algo, no saben bien qué, quizás tan solo la reproducción de los dichos del escritor Fernando Paso, que tanto recuerda al conversador Macedonio y a cuyo funeral acuden los tres amigos soltando su risa payasa.
Si bien las alusiones metatextuales son modestas, deliberadamente torpes, en Jueves se palpan literaturas. En mi lectura, la de Alcalde, aunque la suya sea más generosa con la miseria, dejando que se cuele lo extraordinario; la de Chesterton, en la figura del boliviano Betulio, consagrado al extraño empleo de contar las calles, sus números y sus consumidores y, por otra parte, en cofradías hermanas de El Club de los Negocios Raros, como el aludido Sosemse/SoSeMenS; finalmente, la de Arlt, porque el tránsito de estos amigos por Santiago a ratos pareciera tener un sentido rabioso, santo y oculto. Las referencias y citas, no obstante, celebran los rutinarios parches del espectáculo. Están He Man y Bombo Fica; están Calamaro y las minas ricas de tres amigos triste y esporádicamente excitados.
Jueves es una primera novela curiosa y obstinada; se sostiene en el aburrimiento insoportable, en lo anodino y anecdótico. Y pienso y escribo todo esto un jueves 17 de septiembre en el callado Santiago de Chile, ad portas de la celebración.
sábado, 1 de agosto de 2009
Tándem

Casualmente, o quizás no, fue en México que leí Acqua alta, de Pablo Torche. Una novela ambientada, en principio, en aquella otra ciudad destinada al hundimiento, Venecia. Entonces, sentada o acostada en una ciudad semihundida, me dediqué a pasar las páginas de una novela sobre otra ciudad semihundida, pensando si esa condición decía algo sobre las ciudades, si serían ciudades destinadas al fracaso, si serían ciudades más decadentes que otras o más disponibles para la literatura, si habría algo en ellas que las hiciera mejores para el erotismo, si sus largas historias civilizatorias hablaban de un modo inusual de la barbarie. Y otras cosas por el estilo.
Sin haber leído nada aún, me gustó el título, acqua alta, no solo por su sonoridad, sino porque se adivinaba que invitaría a una semiosis desenfrenada, quizás tan abigarrada como las escenas en que diversos narradores, nada confiables, colocan a Pablo y Chiara, los protagonistas de la novela (o más bien autoficción, en que Pablo Torche -capítulo 15- cuenta su verdadera historia) en muy diversas posiciones sexuales y existenciales. Ya he visto algunas interpretaciones para el título que alude a las inundaciones crónicas de Venecia (una muy bella: cómo bajo el agua los grises edificios adquieren un carácter fantástico); este desborde también puede ser interpretado por los desbordes pasionales de sus personajes y los pozos textuales que deliberadamente acumula el autor a lo largo de todo el relato. Y este último punto me importa particularmente. Decir algo sobre el libro es difícil precisamente porque todo en él contribuye a la repetición de ciertos tópicos, subrayados por el autor y sus editores. Es por eso que me resisto a mencionar los muchos autores citados en sus páginas, y también porque atendiendo a los guiños que atraviesan la novela, no me atrevería a afirmar que son todos los que figuran, con nombre, apellido y títulos, entre las páginas 205 y 208. La paradoja del mentiroso es la paradoja del narrador[1].
Me pregunto por qué incluso en la contratapa del libro la insistencia en el palimpsesto, como si fuera el gran valor de la novela -que también me habla, afortunadamente, de ciudades, personajes y literaturas inundadas, anegadas, estragadas, y de ese tramado espeso que es el deseo o el amor o las dos cosas, con Dios o sin dios- por qué la insistencia, digo, que puede amenazar al texto, como lo prueba la esquemática crítica de José Promis en El Mercurio, que debiera, por último, negarse a repetir lo que el autor manda, pero que finalmente va pedaleando detrás de un juego que no lo es todo, porque nunca lo fue todo, ni siquiera para el Oulipo: la constricción, el desafío, el rompecabezas forma parte del proceso creativo y es en sí mismo un elemento estético, pero su resultado, ah, su resultado lo es también, y basta con leer ese libro demasiado mencionado pero poco leído de Queneau, Ejercicios de estilo, para darse cuenta de eso. Como también, leyendo a Queneau, darse cuenta de que la anécdota de Ejercicios de estilo, ésa sí que es realmente mínima y, a diferencia de la que inventa Torche (Pablo viaja a Venecia donde se encuentra con Chiara; una fuerte lluvia que inunda la ciudad acompaña las decisiones e indecisiones amorosas de ambos) permanece, pese a las dificultades, absolutamente intacta. Los libros de Queneau y Torche (sesenta años después) coinciden en que entre las modulaciones formales, algunas resultan espléndidamente poéticas (y en el caso de Torche, suficientemente irónicas). Pero los Pablos y Chiaras de Acqua alta –y éste es un hermoso riesgo que asume el autor- son de por sí seres proteicos, sobre todo las mujeres, sucesivas y temibles melusinas, nadjas, beatrices (dantescas y borgeanas) que en casi todas sus apariciones conforman un discurso humorístico, pienso que muy inteligente, sobre el eterno femenino, la virgen y la puta, pero también, de manera más solapada, sobre los propios discursos masculinos que la rondan.
Asimismo, es Venecia el escenario libresco que Torche escoge para sus variaciones, pero me parece que hay algo más que la parodia que Venecia inevitablemente atrae y provoca: esta Venecia, en la mayoría de los capítulos, es narrada por un atormentado narrador chileno (de la postdictadura). Con palabras que van de la exquisitez a lo ordinario citadino, con yuxtaposiciones que, localizando las reflexiones y conflictos de su protagonista, resultan, también (a ratos) vastamente universales.
Torche huele bien las palabras de los otros, sus lugares comunes, los amaneramientos de estilo, y al leerlos, de algún modo también los enseña y descubre a sus lectores (que pienso son un puñado más que los estudiantes del primer año de literatura fantaseado por Promis). Entre esas expresiones que captura hay una que me gusta mucho, tomada, supongo, de uno de los autores citados que a estas alturas era inevitable descubrir (cuando leí el tercer capítulo medio me reí y por otra parte, claro, me sentí indignada): la palabra tándem. Nadie la usa con más gracia que ese autor innombrable sobre el que también pensé en México, y en esta novela aparece también con gracia y me pareció que refiere muchos de los eventos narrados e incluso eventos que no son narrados en la novela, sino que son posteriores, o ajenos a ella pero de algún modo resonantes, como esto de las dos ciudades semihundidas en un tándem geográfico inexplicable, que las ha puesto una junto a la otra por obra y magia de una lectura de hotel, mellizas, arruinadas en una secuencia que supongo es una secuencia cósmica de ciudades y reinos caídos; o el tándem literario, que refiere al ejercicio de escritura y todos los ejercicios de lectura contributivos, en abismo, que repiten con otras palabras la palabra del autor; o el gran tándem sexual que es toda la novela y que, si bien a ratos pudo agobiarme (como me agobió, hace muchos años, por poner un ejemplo, El imperio de los sentidos), alcanza momentos bellos, como también de gran inteligencia y sobre todo, lo que más agradezco, de ironía y humor.
[1] (Según me contaron también en México, Machado de Assis, sabiendo que vivía en un país poco alfabetizado pero con una élite muy ufana de sus lecturas, gozaba intercalando citas de textos franceses, poniendo palabras de un personaje en labios de otro, reemplazando a su antojo obras y autores… Es por esto que, salvo aquellas citas que constaté –irónicas, aunque en uno de sus capítulos, muy por debajo, en su parodia, del autor original a quien no diré que venero, pero casi- no puedo decir nada de los otros autores y estilos citados en el capítulo 14, construido sobre fragmentos o esquirlas de párrafos, parrafadas algunas, salvo que lea textos que jamás alcanzaré, creo, a leer).
sábado, 11 de julio de 2009
Tanatografía

"Me tumbé para dormir y soñar con mi madre... pues sabía que eso era lo que haría, sabía que me forzaría a hacerlo, lo necesitaba. Ella bajaba por las
escaleras sin descanso, una y otra vez, sólo visibles sus talones y el borde de su vestido blanco; abajo, abajo, una y otra vez. Pasé la noche entera observándola en mi sueño. No veía su rostro. No me sentía decepcionada. Me hubiera encantado ver su rostro, pero eso había dejado de ser un anhelo que me produjera ansiedad. Ella cantaba una canción, pero no había palabras en ella; no era una canción de cuna, no era sentimental, no pretendía tranquilizarme cuando la hostilidad y rudeza de la vida agitaban mi alma; solo era una canción, pero el sonido de su voz era como un pequeño tesoro en un cofre abandonado, un tesoro que en lugar de estupefacción inspira alegría y eterno placer.Dormí toda la noche, y mientras dormía vi sus pies bajando la escalera, peldaño tras peldaño, sin llegar a ver nunca su rostro, oyendo cómo su voz
entonaba aquella canción, a veces limitándose a tararearla, otras a pleno pulmón. Todavía hoy sigue apareciendo en mis sueños, aunque ya no canta ni emite ningún tipo de sonido... ahora vuelve a ser como al principio, sólo su imagen bajando una escalera, dejando ver únicamente sus talones y la orla blanca del vestido sobre ellos".Jamaica Kincaid, Autobiografía de mi madre
Ahora leo Autobiografía de mi madre. Es injusto, quizás, sesgar tanto la lectura de un texto donde se abordan diversos temas (la autora nació en Barbados y su trabajo es leído como manifiesto, documento o testimonio, ya sea de la condición colonial, ya de la subordinación racial y lingüística). Pero como en la lectura de aquel otro libro, me emocionó la representación de la mirada infantil, su lucidez, la forma (si hay forma) de encajar una ausencia.
sábado, 20 de junio de 2009
REGRESAR

La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular.
Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?
Georges Perec, Lo infraordinario

Leer a Perec es para mí un alivio, un consuelo, una alegría. En otro viaje, para nada simétrico, un viaje espantoso efectuado tan sólo tres días antes de éste en que voy con mi hija leyendo Lo infraordinario (y asintiendo, sumándome a esta afirmación de lo cotidiano, recordando por ejemplo la tarde de palomas que me dieron el propio Perec y Levrero hace unos meses), digo, en aquel otro viaje, angustioso, me hallaba volando precisamente por encima de las cabezas de los viejos franceses, sobrevolando una tristísima lluvia parisina y huyendo de la pesadilla de pasar por tres aeropuertos distintos en un mismo día, pero sobre todo de una escena algo anterior, una escena traumática que quizás es el centro de todo, pero que no puedo ni quiero contar aquí, me consolé leyendo un texto muy breve, otra traducción de Perec recientemente editada, esta vez por Alpha Decay (2009), ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, sobre un “tío”, llamado Karamanlis o Karatoro o Karagüevo o Karabum, o Karamelo, o Karatchi o Karaalgo, dice el narrador, un tío que no quiere ir a pelear en aquel horrible y vergonzoso conflicto de Argelia, pero no por razones políticas (aparentemente) sino por amor, porque no desea dejar abandonada a su chica. El cabo furriel Pollak y sus amigos bohemios intentarán ayudarlo, discutiendo estrategias (¿romperle un brazo?), votando, comiendo y emborrachándose. La anécdota es mínima, el final, gracioso, humorístico. Y el libro cuenta además con ese carácter oulipiano de otros textos suyos, pues incorpora un índice de “las flores y ornamentos retóricos y, más exactamente, de las metábolas y parataxis que el autor cree haber encontrado en el texto que acaba de leer”, un índice irónico, a través del cual uno puede hacer hacer laboriosas (e iluminadoras) constataciones de prosopopeyas, apóstrofes y onomatopeyas, pero también reírse con “Necrología, vamos anda”, “Hermosa página”, “Imagen (hermosísima imagen)”o “Epíteto contradictorio”. La lista completa me recordó esa exhibición de músculo de Los detectives salvajes, en la primera parte, la suma de figuras retóricas que enuncia García Madero, que bien pudiera ser un eco de este otro largo listado, también impresionante. Después de las 600 páginas de Las correcciones, literatura desmoralizadoramente detallista (que finalmente leí hasta el final, con muy pocos paréntesis aliviadores) me alegré de esta otra posibilidad, casi aérea, del ejercicio escritural, con su carácter de juego y desafío (que la acerca al prodigioso formato del puzzle), sin que por ello renuncie a los llamados "grandes temas": ese rumor de fondo de la guerra injusta e insoportable, en la historia de un conscripto poco comprometido con el imperialismo francés y rodeado de personajes borisvianianos (recordé todo el tiempo La espuma de los días).
Los viajes son paréntesis de lo cotidiano, aunque ellos mismos están plagados de lugares comunes, como la iniquidad de las personas convertidas en pasajeros luchando por el espacio, el descalabro de objetos que pasan de una mano a otra sin encontrar un buen lugar en los bolsillos o bolsos, o la cortesía inventada de azafatas y azafatos (con su larval violencia). Para mí se va convirtiendo en algo ordinario, habitual, mi propio desamparo en aquellos espacios hechos para el paso rápido y certero, porque soy torpe y lenta, porque me muero de miedo de llegar tarde a todas partes y sobre todo, porque temo realmente quedarme algún día en la mitad de nada y permanecer allí, en esa mitad de nada donde no están mi hija ni Perec ni la posibilidad de volver a algún sitio. Y por eso cuando vuelvo y me encierro a trabajar en mi viejo pasillo, o enciendo la estufa luchando con el mechero, o caliento guatero en mano las camas como antes de mí lo hicieron generaciones de antepasados, o me topo con la vecina y las preguntas de siempre, o paseo por el Forestal observando los siempre idénticos y cambiantes juegos de los niños, me siento una afortunada transeúnte anónima y perequiana. Contenta de haber regresado.
sábado, 23 de mayo de 2009
No me convence

Algo no me convence. No. Paso cincuenta, cien páginas. Voy por las doscientas. Y no me convence y quedan todavía otras quinientas y quizás sea el momento de detenerse, porque volverse atrás no se puede, la lectura sólo puede avanzar o detenerse. Debí saberlo cuando empecé El pasado, con tanto gusto, tan contenta, y debí ser prudente cuando iba en la página 100 y debí ser responsable cuando en no sé qué página las maquinaciones de aquella mujer comenzaron a enfermarme pero más que ella comenzó a enfermarme el otro, el llorón, y un hospital bonaerense donde un niño nace y una dictadora se muere, pero nada, no terminé la novela por así un pelo, todo un fracaso, pero no un fracaso de la novela, no, porque esto suelo asumirlo como un fracaso propio, y mientras el libro engorda y devora lectores, yo caigo, qué me dicen, en el marasmo.
Lo de El pasado, hay que reconocerlo, fue duro, sobre todo por la cantidad de frases que alcancé a subrayar y repetirme solemnemente. Pero se trató de algo esporádico, inesperado, porque aquello es literatura argentina y la literatura argentina suelo seguirla hasta el final. Y afortunadamente no por un a priori geográfico, eso siempre trato de saltármelo. Las cosas se han dado así.
Pero lo de ahora. Ahora hablamos de palabras mayores y de un problema vital, cerca de 800 páginas pero no sólo eso, sino que 800 páginas de decadencia familiar, de pequeñas intrigas y largas descripciones, de nombres de compañías y menús del medio oeste americano, de dineros ganados, prestados y perdidos, de coordenadas geográficas y académicas, de observadísimos detalles, de enfermedades terminales y nerviosas, de acciones de gracias, navidades, paseos por Manhattan y de fracasos, muchos fracasos. Y me digo: no sirvo para esto. Me veo a mí misma con el libro entre las manos abiertas, extendidas, queriendo recortarlo, clamando a gritos por una comparación menos, descompensada por este narrador bulliciosamente informado, pero sobre todo perpleja por ese mundo, por la novela tan cacareada, por ese mapeo extremadamente preciso del éxito y el desasosiego.
jueves, 21 de mayo de 2009
Talleres literarios: el modelo autobiográfico

lunes, 4 de mayo de 2009
Seducción y carencia

Estoy leyendo Biografía del hambre, de Amélie Nothomb, hace un tiempo "la mejor escritora de habla francesa menor de 40 años", según Le Figaro... al leer la novela entiendo que la precocidad ha sido para ella un programa o un oficio. Y el cliché de la frase adquiere otro sentido, devastador.
En el texto se narra la relación de una niña con el gozo, el hambre de belleza, la voracidad. Se constata la infinita maquinaria del deseo y la carencia. Lo raro es que esta cadena aquí se hace consciente desde una edad preescolar y eso singulariza la voz anecdótica, divertida, rápida, extrañamente desapegada, pero al mismo tiempo, nostálgica, de la narradora. Ella vive en distintos escenarios: un pueblo en Japón, una ciudad/calabozo china, el asombro continuo de Nueva York. Se desplaza episódicamente con su familia, reclamando el goce, buscándolo en secreto, atiborrándose de licores dulces, de libros, de mapas, de palabras. De la belleza de su madre y de su hermana.
Pero es un momento de la lectura el que me lleva a escribir. La niña, insaciable de amor, le pide a su madre que la quiera. Que la quiera más de lo que la quiere. Que la quiere más de lo que razonablemente puede querer una madre a su hija. La madre le lanza un extraño desafío: "sedúceme". Y ella debe concentrarse en pasar la prueba, la competencia atroz, contra nadie, contra sí misma. Una competencia de ingenio, sensibilidad e inteligencia.
Descubro la continuidad entre esta historia y otras de la misma autora, que me parecieron más potentes, como Antichrista y Estupor y temblores: la necesidad de ser querido, la necesidad de ser valorado, la insoportable necesidad de ser alguien para los otros. La necesidad de ser singularizados, de sostenernos en la sociedad vigente, con su anonimia, su fiebre de consumo y al mismo tiempo, su exaltación de la originalidad (a ser posible, en las formas más espectaculares).
Ningún relato es inocuo, ni cuando es aparentemente casual. Su riqueza consiste en apelar a otros, en tender probables identificaciones. Hay una impronta ética en las historias, un tacto profundo que en este caso ronda esa relación madre e hija, cercana y atroz. Primer vínculo y primera carencia. La voracidad extrema de la narradora de Biografía del hambre es de algún modo la voracidad en estado puro, la voracidad esencial que pugna en todos y que quizás algunos lectores reconozcan, removidos, en la percepción de esta niña de dos, cuatro, ocho años.
Pensarán algunos que ser precoz es fácil y que lo realmente difícil es envejecer cuando se ha sido precoz. Opino que ser precoz y darte cuenta del enorme trecho entre el amor de los otros y el amor que se necesita, ese amor que no siempre es declarado pero que nos mueve como un motor invisible, debe ser algo triste, tristísimo. Y es en la figura de aquella madre que demanda la seducción, que esta constatación resulta más impactante. Cómo no ser voraz. Cómo no luchar contra uno mismo, eternamente poco merecedor de ese amor que la protagonista de pronto descubre etiquetado con un precio, el de su sacrificio y su gloria.
domingo, 26 de abril de 2009
Dos cantos: Agnès Varda y David Lynch
Vi hace unos días su segunda película: Clèo de 5 a 7 (1961). La protagonista, Cléo/Flora, interpretada por Corinne Marchand, recorre en tiempo casi real los recovecos de París y de sus propias emociones, esperando recibir los resultados de un examen médico. Se trata de una mujer joven, bonita y que ha tenido cierto éxito en la canción popular (donde utiliza un nombre artístico: Cléo, por la poderosa y seductora Cléopatre); sospechando un mal diagnóstico acude a una sesión de tarot, punto en el que comienza el relato, con imágenes en color (las de las cartas) que luego ceden paso al blanco y negro.
El paseo de Cléo deja ver la mano de la documentalista precursora que es también Varda, pero no es un recorrido objetivo, es un recorrido que revela los estados de ánimo de su protagonista. Hay momentos que resultan guiños literarios y culturales interesantes, como el ingreso al Café Dôme, por ejemplo, en que la protagonista se da vueltas oyendo fragmentos de conversaciones, en una escena que nos pareció muy cercana al simultaneísmo de Apollinaire en poemas como Lundi Rue Christine (poesía que desde su nacimiento debía tener como horizonte la panacea de tiempo y espacio que es el cine), o bien, en ese mismo café, la inclusión de pinturas y afiches significativos, o la protagonista oyéndose a sí misma cantar en el wurlitzer (frente a la indiferencia de los clientes, embebidos en sus propios dramas, o discutiendo sobre el conflicto argelino).
Pero lo que me ha hecho escribir sobre la película es un momento singular: aquel en que ella, estacionada por unos minutos en su departamento, recibe la visita de un pianista y de un escritor de canciones. El músico fue interpretado por el famoso Michel Legrand; el escritor, ni más ni menos que por Jean-Luc Godard, ambos amigos de Varda. Estos personajes desconocen el drama de la protagonista. Y la convidan a probar nuevas canciones. Entre ellas, Sans Toi, en http://www.youtube.com/watch?v=e7MN7kJ0uy0.
Me atrae la posibilidad de leer este momento desde tantas aristas distintas. El feminismo francés reconoció débilmente a Varda, quien llegó a realizar películas como Una canta, la otra no (1977), o Sin techo, ni ley (1985), donde problematiza la condición de la mujer y la marginalidad. Pero es claro que la protagonista de esta película no es una heroína de aquellas: frívola, superficial, encapsulada en su vanidad, mujer objeto, no es su condición femenina la que conduce sus reflexiones, sino el temor a la muerte. Esto aflora en el momento en que toma la canción como desafío y se producen esos minutos en que, lejos del tono documental que predomina en los primeros momentos del paseo de Cléo, la realizadora aísla su rostro, lo ilumina e incorpora elementos ajenos a la escena. La tormenta sentimental de la canción se deja oír en esta imagen desrealizada, en que Cléo acompañada por toda una orquesta, mira a la cámara y melodramáticamente deja caer sus lágrimas. Después de esta escena, ella se quitará la peluca de cantante y volverá a salir a la calle, esta vez sola, buscando sin saber qué. El último segmento de la película (fragmentada en capítulos, según los personajes que acompañen a Cléo y los minutos que ocupen) relata el encuentro con un soldado que debe viajar a Argelia esa misma tarde. Otro eventual condenado, que se ofrecerá a acompañarla y que además se quedará con el verdadero nombre de Cléo: Flora, vinculándola con la naturaleza, descubriendo una faceta más espontánea y auténtica, procurando aligerar el dramatismo que la caracteriza y la atrapa.
La visión de la mujer a lo largo de toda la cinta es convencional, lo sé. Pero hay algo en el momento en que ella canta, que me hace pensar sobre la relación entre el género y los resortes del melodrama. Algo que me hace preguntarme sobre mí misma, en el fondo. Sobre el impacto de esos lagrimones enfrentando la cámara.
El relato de Varda está impregnado de poesía y también de humor. La escena con los músicos va más allá del melodrama dado que éste se interroga a sí mismo. Los músicos cuestionan la habilidad que pueda tener la cantante para transmitir las emociones que refiere, sin saber que pasa por un momento de intenso temor (aunque no de reformulación existencial). El momento es de por sí melodramático, subrayado por la desrealización de la escena. Pero se le entiende y acepta (es más, lo he visto tantas veces que debo reconocer que no es algo que acepte: es algo que me fascina) como situación crítica, reveladora, como punto de inflexión que parte el periplo de Cléo en dos.
Rebecca lleva pintada su lágrima, teatral como su propia interpretación a cappella, sin instrumentos que maticen el desgarro de su voz. La cantante se derrumba antes de terminar; su cuerpo lo arrastran fuera mientras, sorprendentemente, permanece en escena la voz. Las protagonistas lloran conmovidas. La voz que permanece en el escenario vacío, cantando que llora (la canción Sans Toi, escrita por Vardá y musicalizada por Legrand, va en la misma línea de los amores perdidos) la he leído, no sé si justa o desproporcionadamente, como esa voz femenina que permanece y se extiende, elástica, por los escenarios, llegando hasta las esquinas y rincones de un drama jamás resuelto, que los discursos de género y sus reivindicaciones políticas y sociales no han logrado despejar. Este drama bello, sensible y detestable del abandono y la fragilidad, mitificado culturalmente, elevado a símbolo, parodiado, expuesto pero vigente en mi propia manera de ver, de sentir, de conmoverme.
domingo, 19 de abril de 2009
Contar una historia (... o el síntoma del Ministro)

Cosa extraña, asistí el otro día al lanzamiento de una novela. Y me sorprendió que uno de sus comentadores –otra cosa inusual: nada menos que un Ministro de Estado- la celebrara no por su aparente inteligencia, incomodidad y patetismo (no la he leído aún, sintetizo lo que se dijo ese día), sino por lo que no es: con firmeza, él explicó que esta novela, afortunadamente, no es una reflexión metatextual sobre las posibilidades o imposibilidades de la literatura. La aplaudió por “tener una historia” y acercarse así a una tradición literaria que vinculó, entre otras, a figuras como Stendhal (quien, debemos recordarlo, es autor de ese citadísimo aserto mal aprovechado por las estéticas realistas, de carácter evidentemente metatextual: “Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino”. Una cita a la que le guardo cariño, desde que leí 53 días, de Perec).
La idea del Ministro fue celebrada por la concurrencia. Por fin una novela que no se jacta de ser novela, una novela que no se jacta de ser literatura o escritura, una novela que descansa “en una historia”. Risas, bromas entre él y el autor, bromas entre él y el público, bromas entre el público y el público.
Pero el Ministro precisó algo más, todavía; explicó que algo había en aquella novela, no libre del todo de la plaga posmoderna: una reflexión metanarrativa, de todos modos, porque el protagonista, un director, no logra terminar su película. Y no supe cómo, pero la cosa paró en que reflexionar sobre las películas es menos pesado (o penoso) que escribir sobre novelas ausentes o presentes.
El Quijote, la primera novela moderna en nuestro idioma, entraña ya una de las reflexiones más poderosas sobre la consistencia y el ser de la(s) novela(s). ¿Por qué celebrar la ausencia (aparente) de este rasgo tan propio de la modernidad artística? ¿Literatura del agotamiento del agotamiento? ¿Reacción visceral frente a una inquietud instalada y reinante? ¿Acto aparentemente díscolo? ¿Un síntoma de algo más grande o algo por venir?
Probablemente mucho menos que todo eso.
Las novelas que van sobre novelas sí pueden tener una historia. No se trata de esto o lo otro. Por otra parte, las narraciones están como soldadas a los cuerpos y sujetos e incluso a las escrituras más herméticas (las historias saben cómo inmiscuirse). Por último, para que sirvan, las historias deben ser bien contadas. Y sobre este punto no sé si el Ministro habló lo suficiente, quizás yo no era el mejor público para escucharlo.
Cuando salí de ahí era de noche. Una buena noche de otoño. Aunque la calle invitaba a otras cosas, tuve tiempo, entre la conversación y los detalles de irse de cualquier lugar, para darle vueltas al asunto que desde ahora llamaré, sin lograr un diagnóstico que valga, “el síntoma del Ministro”.
viernes, 17 de abril de 2009
Romper a Alone
"Sentí unos pasos a mis espaldas. Me volví. La figura homérica de Farewell me observaba con las manos en jarra. Me preguntó si me sentía mal. Le dije que no, que se trataba tan sólo de una zozobra pasajera que el aire puro del campo se encargaría de evaporar. Aunque estaba en una zona de sombras supe que Farewell había sonreído. (...) Durante un rato ambos permanecimos en silencio. Luego Farewell dio dos pasos en dirección a mí y vi aparecer su cara de viejo dios griego desvelado por la luna. Me sonrojé violentamente. La mano de Farewell se posó durante un segundo en mi cintura. Me habló de la noche de los poetas italianos, la noche de Iacopone da Todi. La noche de los Disciplinantes. ¿Los ha leído usted? Yo tartamudeé (…) Entonces la mano de Farewell se retorció como un gusano partido en dos por la azada y se
retiró de mi cintura, pero la sonrisa no se retiró de su faz. ¿Y a Sordello?, dijo. ¿Qué Sordello? El trovador, dijo Farewell, Sordel o Sordello. No, dije yo.
Mire la luna, dijo Farewell. Le eché un vistazo. No, así no, dijo Farewell. Vuélvase y mírela. Me volví. Oí que Farewell, a mis espaldas, musitaba: Sordello, ¿qué Sordello? (…) Sordello, que no tuvo miedo, no tuvo miedo, no tuvo miedo. Y recuerdo que en aquel momento yo tuve conciencia de mi miedo, aunque preferí seguir mirando la luna. No era la mano de Farewell que se había
acomodado en mi cadera la que provocaba mi espanto. No era su mano, no era la noche en donde rielaba la luna más veloz que el viento que bajaba de las montañas, no era la música del gramófono que escanciaba uno tras otro tangos infames, no era la voz de Neruda y de su mujer y de su dilecto discípulo, sino otra cosa…"
En este pasaje, en que se plasma ese rintintín que atravesará la novela (“Sordello, ¿qué Sordello?”), se encuentran el protagonista y delirante narrador, Sebastián Urrutia Lacroix, y el crítico por excelencia, el famoso, “homérico” Farewell, quien aparte de intentar seducir a Urrutia, despliega aquí una gran cantidad de referencias europeas, italianas, y sobre todo, menciona a ese poeta o trovador, Sordel o Sordello. Bolaño tenía una particular inteligencia para despertar esos ecos del lenguaje que algunos teorizan como lo semiótico, lo fluido, lo que excede toda racionalidad: sordel, sordello, evoca lo sórdido, la suma de esta escena decadente en que los dos personajes, reunidos en el fundo de Farewell con Neruda, la mujer de éste y un aprendiz del poeta, exhiben al lector sus debilidades y algo más que sus debilidades: sus iniquidades, sus hipocresías.
La escena es particularmente transgresora; tras el nombre de Urrutia y el seudónimo de Farewell, laten el nombre y el seudónimo de dos importantes críticos de la historia literaria chilena, José Miguel Ibáñez Langlois y Alone (Hernán Díaz Arrieta). Muchos lectores contemporáneos habrán leído primero este pasaje que sus textos (que quizás jamás lleguen a leer). Se puede decir, entonces, que Bolaño engendró una escena mítica y patética de la literatura chilena. Mito o interpretación, se nos dirá, de rasgos particulares de los aludidos, pero por sobre todo, desenmascaramiento de cierto tipo de discursos que han venido encorsetando las prácticas culturales que a través de su escritura Bolaño desea (y consigue) liberar.
Esto a modo de introducción. Porque deseo servirme de esta escena, para ahondar en el lugar ambiguo de uno de los escritores que la inspiran, el crítico Alone (1891 - 1984).
A Alone lo llamo, indistintamente, crítico o escritor, porque ejerció ambas prácticas: escribió, en su juventud, una novela con carácter de diario íntimo, La sombra inquieta (1915) y un libro más antiguo aún, en la línea de tantos que se publicaron a principio de siglo y que contenían los materiales más diversos: Prosa y verso (1909), en que la prosa corría por cuenta suya y el verso, por la de su amigo Jorge Hübner. Ninguna de estas experiencias fue lo suficientemente feliz para Alone, quien masculló a lo largo de su vida las líneas de… una novela ausente, como tantas otras. Sobre el trabajo que realizó como crítico se ha dicho bastante, sobre todo frases hechas. Se han escrito libros que no son más que homenajes, y también textos airados que lo combaten, pero pienso que él pertenece a una extraña categoría literaria, la de aquellos fenómenos tan vistos que realmente no los ve nadie. Aquellos autores de los cuales todos hablan o creen saber algo, pero de los que nadie (o casi nadie: no pretendo ignorar algunos buenos trabajos que existen sobre Alone) ha leído nada. Sus “crónicas literarias” (prefería llamarlas así antes que “críticas”), resultan extemporáneas. Quienes lo agasajaron con sus comentarios resaltaron cuestiones de estilo, afinidades literarias, hallazgos afortunados. Quienes lo atacaron y hoy lo atacan -con justa razón- ponen de relieve su arribismo, su conservadurismo, los contornos demasiado precisos de su crítica impresionista.
Por eso pienso que hay que leerlo y dejarse estremecer por su ambigüedad, por sus desmarques y fugas, por su difícil acomplamiento a la realidad evidente de lo que llamaban y llamamos todavía hoy “la literatura chilena”.
Alone fue europeizante en un momento en que a través de las producciones simbólicas se fortalecía el imaginario nacional homogeneizador de las diferencias locales y en que quizás el criollismo (su polémica con Latorre es conocida) fue un obstáculo más que un dinamizador del pensamiento local; fue excluyente y conservador, pero también supo leer en los textos de sus contemporáneos ciertas marcas o diferencias significativas. Respetó y admiró a autoras como Gabriela Mistral cuando críticos archiconservadores, como Pedro Nolasco Cruz, sólo sabían denostarla. Reparó en Brunet y en Neruda, en un momento en que reparar en ellos no era precisamente fácil. Como crítico hubo matices que le dieron cierta complejidad a su expresión, aunque por supuesto hoy resulte difícil digerirlo (y no rayar y rayar sus párrafos, tantas veces egoístas, excluyentes, clasistas; comprendo y comparto algunas de las ácidas críticas que otros lectores dejaron en los ejemplares que consigo en la biblioteca).
Hay que hacer dialogar, además, al crítico con el escritor; su Diario íntimo, publicado de manera incompleta, es realmente notable por las tensiones que escenifica. Emerge allí su compleja relación con la sociedad a la que pertenece. Se revela la conocida problemática de la representatividad del intelectual, ajeno a la clase que representa, colocado en un lugar otro desde el cual defiende los intereses ya sea de los poderosos o de los marginados, con una voz equívoca y ajena.
Nacido en una familia aparentemente venida a menos, por lo que él mismo relata en los textos reunidos bajo el título Pretérito imperfecto (recopilado por Alfonso Calderón unos años antes de la muerte de Alone), se hizo camino en los salones de la “buena sociedad” cuidándose, como Edwards Bello, de caer en la “siutiquería”, ese mal tan pésimamente visto por los miembros de la élite chilena. Su deslumbramiento en aquellos bailes que presencia sin bailar, sin participar, ocupando un costado de la pista, pero pendiente de observarlo y anotarlo todo, como si fuera él mismo su querido Sainte-Beuve, nos informa sobre la construcción de una soledad que va más allá del hastío existencial al que apuesta en su escritura, una soledad que es más que un seudónimo a lo belle époque, una soledad que es en sí misma su condición de intelectual alineado del lado del abolengo y la riqueza.
Pero estas son solo ideas. Ideas alineadas. La crítica de Alone que imagino, aquella que quizás pueda ayudar a explicarnos lo que con tanta efectividad logra decir Bolaño o que quizás pueda refutarlo, o abrirlo, ésa está por escribirse todavía.
martes, 14 de abril de 2009
La maldición de Oscar
