jueves, 6 de enero de 2011

Dos historias breves, dedicadas


Una historia dedicada a Claudia Amigo (por lo de las avestruces flaubertianas):

«Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de
cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».

Y otra historia del mismo y hermoso cuento, dedicada a todos aquellos que se resisten a desaparecer:

«Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron».


("Por las azoteas", Julio Ramón Ribeyro)

martes, 4 de enero de 2011

trabajos de enero


Recuperar los hábitos. Ver películas: muchas. El libro de Ribeyro bajo la cama, el deseo de escribir sobre diálogos subterráneos. Los cuentos, la carrera corta. Samantha Schweblin y los relatos en que Walter Benjamin encarna a su narrador. Los niños y Russell Banks y Stephen King. Más sobre Kafka y sus precursores. Un pasaje de Los detectives salvajes, un cuento de Pío Baroja, una sugerencia de T. S. Eliot sobre los clásicos.


Y también: no estar preparados ni para la belleza ni para la rabia. Los niños y los animales sobre los que debo escribir. Los animales que están por todas partes diciéndonos cómo ser humanos. Escribir algo, no sé bien cómo aún, sobre La niña santa y La rabia: los niños siempre. Los que son valientes y son traicionados. Recuperar los hábitos: enredada con la rabia y el silencio. Una novela gringa en que los niños mueren. Un cuento argentino en que los niños desaparecen. Y el corazón delator que late como el libro de Ribeyro bajo mi cama.

jueves, 16 de diciembre de 2010

REGALAR




Y pienso en los regalos. De niña esperaba libros. Alguien, cuando yo era muy chica, me debe haber regalado lo que recuerdo como mi primer libro: Cien nuevos cuentos. Sus páginas no se acababan jamás. No sé quién me lo habrá dado, aunque es probable que lo haya heredado de mis hermanos. Ellos, mis hermanos, me regalaron Papaíto piernas largas cuando tenía unos ocho años. Los amé. Contentos, repitieron al año siguiente… con Juvenilia, de Miguel Cané, y con las Fábulas de Iriarte. Los amé menos. No dije nada, creo, pero el silencio en mí es algo malo. Muy malo. Los libros quedaron a la mitad y al año siguiente prefirieron regalarme una casa de muñecas en miniatura, creo. O quizás me regalaron la casita de muñecas antes, y después del fiasco de los libros me regalaron otra cosa. No recuerdo. Pero desde entonces me ha quedado la obsesión con el libro que me regalan y con el libro que regalo. Apenas resisto las decepciones. Aunque debo decir que, en general, tengo la suerte de estar rodeada de personas cuidadosas con los libros. Para mi cumpleaños recibí varios, todos muy buenos. Aun así, no dejo de tener miedo de la decepción. Y de sacar cuentas. ¿Habré regalado centenares de libros? ¿Se habrán decepcionado con los libros que regalé? ¿Me habrán regalado centenares de libros? ¿Cuántos, cuáles me hicieron realmente feliz?

Cuáles: el tema del libro exacto. El libro exacto existe, lo he recibido. Pocas veces, las suficientes para sentirme contenta. Pero incluso mejor que recibirlo es regalarlo. Sin duda no hay nada como regalar el libro exacto y ver la cara de esa persona querida. Mejor incluso si el libro exacto es tu libro, lo tomas de tu biblioteca y lo regalas en el acto. El otro te mira entonces perplejo y emocionado. Ese es un momento hermoso.

Si a mí me regalan el libro exacto lo siento como un milagro: de pronto te han cubierto con la mirada y puedes sentirte tranquilo, el libro exacto es una especie de demostración ontológica. Existes. Eres. Te sientes tan agradecido y no tiene nada que ver con otros regalos, regalos que pueden parecer mucho mejores. El del libro exacto dice tanto de la relación con el otro, de los escorzos, de atisbos de sensibilidad. Pero a veces esos atisbos, esa sensación de tranquilidad y encuentro puede ser una mentira triste: ha habido personas que me han regalado libros muy exactos, pero no me amaban; puede que incluso ni supieran que yo existía. La excelente elección, entonces, no era una demostración ontológica, sino una demostración de fuerza, de pulso literario, y el gesto no revelaba más que la habilidad de estas personas para escoger los libros. Eso era todo.

Y se me ocurren más decepciones, como por ejemplo haber regalado esos libros que eran importantes para mí, pensando que iban a ser igualmente importantes para otro (lo que revela en realidad el propio egoísmo o la incapacidad para escuchar o ver ese libro que no es el de uno, que no es uno). O la peor de todas: regalar libros importantes a personas equivocadas. Me ha ocurrido y por momentos piensas que estuviste loco, porque donde veías a alguien (la persona que merecía ese libro) había apenas algo más que un animal. Apenas.

Cosas que pasan con los libros. Y con los regalos. Y con las personas a las que creemos conocer.

La contracara de la pena –o quizás no pena: dejémoslo en disgusto- la encuentro en los momentos en que aciertas. Probablemente no hubo mejores libros que los que le regalé a mi amiga Claudia, que llega ahora Chile. A mi amiga Claudia no la veo todo el año; quizás si por esa distancia, creo que apenas se da cuenta de que ella, para mí, es particularmente importante. Ella es real (¡mucho!), pero al mismo tiempo es un personaje que he venido creando, queriendo, mimando en mi imaginario. Ella está en Brasil, yo estoy en Chile, pero siempre siento que estamos las dos en un lugar anónimo, lidiando con nuestras vidas y con los libros regalados, comprados, prestados, y con la enseñanza de los libros y la investigación de los libros. Ella me regaña en el chat. Yo le cuento mi vida como si se tratara de una novela (o novelucha, más bien) y ella me regaña en el chat y se ríe de mí, pero no se da cuenta de que ella también tiene su novela y que su novela, por cierto, es mucho más compleja y sofisticada que la mía. Aunque cree no hacerlo, me cuenta igualmente una novela, en que Perec pudiera estar vivo porque la llama por teléfono (o porque está a punto de hacerlo). En la novela de Claudia, Madame Bovary es un personaje ridículo y sublime a la vez y los sentimientos por los libros que regalamos aparecen, seguramente, como pensamientos ociosos sin ningún sentido.

Me ningunea, mi amiga Claudia, pero me ningunea con cariño y con conocimiento de causa literaria. A ella le regalé, poco después de conocernos, un libro de la Kristeva. Una semana después nos encontrábamos y me comentaba que la Kristeva era lo peor, porque había escrito lo que pensaba escribir ella. Me dio risa y me causó admiración: qué ganas de poder decir esas cosas, qué ganas de ser amiga de alguien tan desfachatado. Y lo fui. En todo caso, no era ese libro el que me hizo pensar en Claudia. Ni siquiera fue un libro regalado el que gatilló el recuerdo: fue un libro apenas prestado. Le presté Las cosas, el mejor préstamo que hice en mi vida, porque de ahí salió una tesis doctoral pero también algo mucho más poético que eso: una maravillosa lectora de Perec, que luego me enseñó muchas cosas. Y una amistad que ya dura 15 años. Nada más gratificante: el retorno, el cariño, el sentimiento de orgullo por haber construido algo tan hermoso, en gran medida a través de los libros.

Recuerdo otros libros que regalé. Pasos hacia una ecología de la mente, a la persona más filosófica que conocí en mi vida y que supo relacionar –algo misterioso para mí- la escuela de Palo Alto con la filosofía de Spinoza y Deleuze. Recuerdo que me sentí feliz cuando me dijo todas esas ideas inalcanzables. Fue antes de que naciera nuestra hija, tiempos de belleza singular, irrecuperable.

También recuerdo haberle regalado, con fortuna, muchas novelas a mi amiga Marcela, pero sobre todo me acuerdo del día en que le regalé un libro que creo era azul: Cuando era feliz e indocumentado. Pienso que estábamos todavía en el colegio; ella amaba a García Márquez (de hecho, muchos años después le puso Esteban a su primer hijo) y me miró con alegría adolescente. Hasta hoy somos las mejores amigas. A la Toña, otra amiga querida, le regalé El lector y Una novelita lumpen con intención de leer las dos novelas, sin haberlas leído... presintiéndolas. La segunda se la pedí prestada para salir de la duda y la tengo todavía en mi poder, con mi propia dedicatoria. Le agradezco a la Toña porque sé que a ella también le gustó y no me reclama por el largo cautiverio.

Recuerdo, también, los momentos un poco borrosos ya, en los cumpleaños o las navidades, cuando mi primo abría con nerviosismo los paquetes correspondientes a cada una de sus múltiples y caprichosas etapas: japonesa, española, houllebequiana. Y recuerdo haber regalado con cariño e inocencia, hace más años aún, unos libros de Kavafis y de Kazantzakis, y que en ese momento poder regalarlos fue algo que me hizo muy, muy feliz.

Recuerdo libros de cocina (ninguna banalidad, me gustan mucho y creo que se los regalé a las personas indicadas). Recuerdo libros de niño. Recuerdo libros pequeños poco conocidos. Y libros gordos y muy caros. Sí, recuerdo mi felicidad, regalando libros.

Y es que no espero ya que me regalen el libro exacto (para mi cumpleaños me regalaron, entre muchos muy buenos, un libro de cuentos que lo es y sobre el cual espero escribir pronto). Ahora me interesa sobre todo acertar en los regalos: en que el libro sea el esperado y poder sentir ese toque de alegría del otro. Pero más aún, acertar en las personas: poder regalar el libro exacto al lector exacto.

jueves, 6 de mayo de 2010

siempre me entristece la muerte de un autor


Quiero y no quiero. Como los paseantes que se internan en los bosques y no saben si quieren detenerse y esperar o bien continuar su paseo, sabiendo que los bosques ocultan peligros pero también mariposas e incluso, puede ser, algo entre mariposas y peligros, como la casita del cuento de Hansel y Gretel. Quiero y no quiero. Brilla un sol helado. Cierro los ojos en un bus que no sé a dónde me irá a dejar porque desconozco el tráfico de California, quizás me detenga a unas cuadras de Chile, donde quiero y no quiero estar. Tengo varios libros abiertos en las piernas. Quiero y no quiero leerlos. Quiero y no quiero criticarlos y básicamente quiero y no quiero aprender a hacer críticas, porque, ¿quién sabe hacerlas? ¿Quién puede enseñarnos? Internet gira a mi alrededor y quiero y no quiero ser corpórea como en una pesadilla borgeana de juventud. El cuerpo es maleable. El cuerpo y todo y lo demás y por eso quiero y no quiero querer. Quiero ser la sobrina de rodillas raspadas de un poema de Germán Carrasco. No quiero ser la sobrina, quiero ser el tío. Quiero ser la sobrina y el tío o mejor aún, quiero entrar en ese poema y vivir ahí por un tiempo, tanto como ande extraviada en el bus o tanto como me demore en quemar mis grasas o tanto como me obstine en ser madre, hija y esposa, pero viviendo en el poema será más fácil. Oh sí. Y quizás no. Por eso quiero y no quiero. “Lo neutro puede remitir a estados intensos, fuertes, inusitados”, explicaba Roland Barthes en una de sus clases y quiero y no quiero saber en qué estaba pensando. Quiero y no quiero escuchar un documental sobre las deportistas haitianas que no tienen casa. Quiero y no quiero oír las voces del OCTA como quise y no quise leer hasta el fondo más de una novela. Quiero y no quiero volver a leer lo que yo misma he escrito y que también yace abierto, sobre mis piernas, en un computador. Puede estar muerto, ya. Sacudo las piernas. Voy corriendo y saco un fragmento genial de una estantería. Un japonés pobre se hace un harakiri, un japonés que perdió a su hija en el centro de Santiago. Quiero leer pero apenas leo lo demás. Hay una película que nadie ve y me da miedo. Por eso me monto en un bus hacia la playa. La playa es siempre la misma y en ella me paseo de un lado a otro y siempre estoy sola. ¿Por qué? Me paseo de un lado a otro y es siempre la misma playa, aquí, allá, donde sea que me encuentre, la misma playa a la que no llegué. La voz que no oí, los libros abiertos sobre mis piernas y las piernas de otros, una fila de lectores en la playa, leyendo libros que quiero y no quiero leer. Una fila de vociferantes que repasan las páginas. Gritan de un extremo al otro de la playa, gritan sobre la guerra. Alguien me susurra algo: existe la literatura salvadoreña. Quiero y no quiero decirle muchas gracias, ¿será posible? Pero esa persona desaparece. Una comitiva de escritores salvadoreños me acompaña en el OCTA y llevan sus libros sobre sus piernas abiertas. El conductor nos ordena ponernos de pie. El conductor se da vuelta, me ve y me señala por indecente. El conductor me pide que saque el libro abierto sobre mis piernas y que me baje en la próxima esquina, en medio de la nada. Quiero y no quiero proponerle que me lleve hasta el final del recorrido. Quizás regresemos por el mismo lugar. Quizás no, quizás no hay regreso. Quizás es un lugar aún más inhóspito, demasiado lejos de los poemas. Demasiado lejos de Facebook y las páginas abiertas que quiero y no quiero leer. Demasiado lejos de la maternidad. La maternidad que es una boca, no una boca de metro, ni una boca de río. Una boca pequeña, el principio y el final de otro, esa boca, desgarrando el pequeño pezón. Quiero y no quiero ver la verdad. La verdad no quiere verme, definitivamente, y he muerto esperando que se abran las puertas que me recibirán y eso ha sido a causa de mi temor enorme. ¡Cuántas páginas más deberé leer para poder decir algo sobre esto! Baja, mujer, me ordena un nuevo conductor porque el otro ya se ha ido. En la playa un desfile de personajes femeninos amortajados. ¡Hasta cuándo! ¡Abran los libros sobre sus piernas y lean, lean y lean! Ellas plañen. Yo diviso a alguien que viene caminando por la playa pero sé que no llegará jamás. Lo veo hundirse en la arena y salir. Y así, durante horas. Finalmente me hace un gesto con la mano, un gesto inconfundible. El sol, también finalmente, nos derrite a todas, el agua salada nos barre y las palabras saltan de los libros y huyen como ratas.

domingo, 28 de marzo de 2010

No hay imagen

El blog sigue. Tenía que ser. De pronto Chile tembló y así temblé, con todos, pensando que se caía mi edificio, pensando simultáneamente en los que estaban y los que no estaban conmigo, en los que morían y en los que no morían: pensamientos que tuvieron todos. Cerré los ojos y al abrirlos el mundo seguía estando, aunque desde ese instante se podía intuir el desfile de sucesos, la sensación de derrumbe general.

He estado callada, como se debe estar cuando todo lo que se dice resulta estúpido.
Y es que estúpida, me reí con toda la boca por las penurias de la política chilena, consciente de que hay que hacer algo más que reírse... consciente de que necesitaba hacer lo que sé hacer: reírme menos y seguir leyendo.

Poco antes del terremoto me llegó de Tomé un libro oscuro y triste, con la tristeza de una pantalla que parpadea en la madrugada. Debo un comentario del libro, porque se antepuso al comentario el terremoto enorme. Y en los días que siguieron intenté recordar cómo era Tomé. Pensé en la madre de una amiga, una mujer genial, que nos llevó ahí, también a Laraquete, Dichato, Lota y Coronel, en un fito medio destartalado. Con ella hicimos una inolvidable travesía de Concepción a Chillán, muertas de calor y de asfixia, por caminos de tierra y el fito adelante, sin parar, y las tres mujeres y un niño pequeño, con nuestro objetivo muy claro, cansadas pero felices de escaparnos. Ese viaje fue hace mucho tiempo y solo quedamos dos de sus protagonistas y ninguna vive ya en la casa de San Pedro de la Paz.

Recordar, pensar y leer es difícil cuando escuchas por días la letanía de los medios. Se puede, aunque con la seguridad de que estás mal enfocada (siempre). Qué te pasa, dices. Y la bulla alrededor, la sensación de estar oyendo mucho, te impide escucharte.

No tiene nada que ver, o tiene mucho que ver, pero además de la poesía que viajó desde Tomé y que recibí confesando mi tontería de no poder leer poemas, leí durante este tiempo las Obras Completas de Marta Brunet, algo que me descolocó totalmente y que agradezco y de lo que quisiera decir tantas cosas, desde que me ayudaron a entender de otra forma El lugar sin límites, de José Donoso, hasta que con esos libros entendí de otra forma el país de silencio que es Chile.

Y sin que tuviera nada que ver o tal vez sí, porque en eso los libros son misteriosos y guardan siempre cierta analogía con algún proceso mental, aunque sea con la enajenación, leí una novelita de Mario Levrero, Nick Carter, que me trajo nuevos y ambiguos recuerdos, de la literatura pornográfica que escribía alguien que conocí hace mucho tiempo (menos interesante que Levrero, por desgracia).

Leí fragmentos de libros que no pude terminar porque no era el momento. Y escribí un poco y decidí, aunque a veces no quiera, seguir escribiendo este blog para nada y llamarlo pública y privada: sin novela, sin novela ausente porque la novela ausente ya me daba náuseas.

No encontré imágenes con que ilustrar este posteo. Siempre me gusta buscarlas.

El terremoto continúa siendo esta noche, ahora está siendo.

Mi planeta jadea y jadea.

martes, 15 de septiembre de 2009

Circo pobre

“Del ‘Circo Internacional de fieras de los hermanos Carrizo’ sólo quedó un extraño nudo de algas, payasos, artistas y el tongo de hule negro del señor Corales flotando entre los huiros como cabelleras largas en movimiento, en movimiento…”

"Cuando los ataúdes se hacen a la mar", Alfonso Alcalde


Nunca se me olvidó este cuento de Alcalde, en que un modesto circo de fieras toma mal una curva bajando hacia Tomé y ejecuta, en el aire, su última y dilatada función. Los habitantes del pueblo la observan, entre descreídos y extasiados.

Alcalde escribió más de una vez sobre circenses (decía haber trabajado con ellos). Los de esta historia van a parar al cementerio de Tomé, como el propio Alcalde, mirando al mar. Parias, todos. Y por eso me acordé de ellos cuando leí la novela Jueves, publicada por Luis Valenzuela el 2008 (Calabaza del diablo). Porque Betulio, Fresno y Valenzuela, sus protagonistas, también lo son. Y esperan como payasos pobres, con pocos derechos y menos pretensiones, que algo ocurra. No les es dado esperar lo extraordinario (Godot les queda muy grande): lo que ellos esperan es una vaga celebración que les permitirá encontrar una todavía más difusa felicidad. Beben unas cervezas. Miran la tele. Están siempre "ad portas" de algo. Nada extraordinario les acontece porque incluso lo extraordinario (la seducción, el incesto, el homicidio, la estafa) tienen en el relato del parco narrador un tufillo triste. Los personajes viven atrapados en una talla infinitamente fome.





La novela presenta ocho horas de espera: desde las 19:19 hasta las 2:52 de un jueves. Por las descripciones de escena y los diálogos de los protagonistas, se podría asumir su atractivo en cuanto texto dramático. Pero da cabida igualmente a la relación biográfica, un relato de formación un poco insulso, en que el narrador, semihuérfano, sienta a la mesa a la familia de sus tíos, un clan con algo de La matanza de Texas. Entre ellos se encuentra una prima homicida, (la "puta", la "coja") que seduce y repugna al misógino narrador. Si bien el relato de infancia no avanza o avanza poco y me parece uno de los puntos más débiles de la novela (es donde además se instalan las redes de la autoficción, lectura autorizada por la mención, una sola vez, del apellido "Valenzuela"), es a partir de él que se va construyendo la voz monocorde que avanza hasta el final, hasta estar "ad portas" de la nada misma, en la secuencia final de la novela. Esa voz es producto de un trabajo severo y sobre ella se edifica este departamento de 35 metros cuadrados, en que tres parias que no son orilleros, desterrados ni marginales, porque su lugar está bien anclado en un tipo de clase media, despliegan su indolencia, su falta de energía vital, sus horizontes en el loco destello de la tele, en las rutinas del novio de Chile, Pepe Tapia, en las discusiones chovinistas sobre la nacionalidad de Raquel Welch.

A ratos, el grupo deja desahogarse al literato Fresno, pobre de referencias, que "sabe muy poco de literatura", que "huele lo literario a medias y lo vomita" y que, sin embargo, promete algo, no saben bien qué, quizás tan solo la reproducción de los dichos del escritor Fernando Paso, que tanto recuerda al conversador Macedonio y a cuyo funeral acuden los tres amigos soltando su risa payasa.

Si bien las alusiones metatextuales son modestas, deliberadamente torpes, en Jueves se palpan literaturas. En mi lectura, la de Alcalde, aunque la suya sea más generosa con la miseria, dejando que se cuele lo extraordinario; la de Chesterton, en la figura del boliviano Betulio, consagrado al extraño empleo de contar las calles, sus números y sus consumidores y, por otra parte, en cofradías hermanas de El Club de los Negocios Raros, como el aludido Sosemse/SoSeMenS; finalmente, la de Arlt, porque el tránsito de estos amigos por Santiago a ratos pareciera tener un sentido rabioso, santo y oculto. Las referencias y citas, no obstante, celebran los rutinarios parches del espectáculo. Están He Man y Bombo Fica; están Calamaro y las minas ricas de tres amigos triste y esporádicamente excitados.

Jueves es una primera novela curiosa y obstinada; se sostiene en el aburrimiento insoportable, en lo anodino y anecdótico. Y pienso y escribo todo esto un jueves 17 de septiembre en el callado Santiago de Chile, ad portas de la celebración.

sábado, 1 de agosto de 2009

Tándem



La Ciudad de México se hunde y eso se nota en las grandes construcciones coloniales, en las catedrales y templos con vocación de altura que, más o menos arruinados, restaurados y maquillados, se sostienen y contorsionan hacia la caída final, entre letreros luminosos que cuentan días y horas para el Bicentenario mexicano y grupos de bailarines que no sé si inspirados en los rituales o más bien en algo parecido al axé, queman incienso en sus esquinas semihundidas. En fin, Borges decía que los muertos toman cierto aire a cachivache. Aquellas iglesias y edificios mexicanos tenían algo de monstruoso y apelotonado (como cierta lámina, muy temida, de Rorschach) en su inclinación.

Casualmente, o quizás no, fue en México que leí Acqua alta, de Pablo Torche. Una novela ambientada, en principio, en aquella otra ciudad destinada al hundimiento, Venecia. Entonces, sentada o acostada en una ciudad semihundida, me dediqué a pasar las páginas de una novela sobre otra ciudad semihundida, pensando si esa condición decía algo sobre las ciudades, si serían ciudades destinadas al fracaso, si serían ciudades más decadentes que otras o más disponibles para la literatura, si habría algo en ellas que las hiciera mejores para el erotismo, si sus largas historias civilizatorias hablaban de un modo inusual de la barbarie. Y otras cosas por el estilo.

Sin haber leído nada aún, me gustó el título, acqua alta, no solo por su sonoridad, sino porque se adivinaba que invitaría a una semiosis desenfrenada, quizás tan abigarrada como las escenas en que diversos narradores, nada confiables, colocan a Pablo y Chiara, los protagonistas de la novela (o más bien autoficción, en que Pablo Torche -capítulo 15- cuenta su verdadera historia) en muy diversas posiciones sexuales y existenciales. Ya he visto algunas interpretaciones para el título que alude a las inundaciones crónicas de Venecia (una muy bella: cómo bajo el agua los grises edificios adquieren un carácter fantástico); este desborde también puede ser interpretado por los desbordes pasionales de sus personajes y los pozos textuales que deliberadamente acumula el autor a lo largo de todo el relato. Y este último punto me importa particularmente. Decir algo sobre el libro es difícil precisamente porque todo en él contribuye a la repetición de ciertos tópicos, subrayados por el autor y sus editores. Es por eso que me resisto a mencionar los muchos autores citados en sus páginas, y también porque atendiendo a los guiños que atraviesan la novela, no me atrevería a afirmar que son todos los que figuran, con nombre, apellido y títulos, entre las páginas 205 y 208. La paradoja del mentiroso es la paradoja del narrador[1].

Me pregunto por qué incluso en la contratapa del libro la insistencia en el palimpsesto, como si fuera el gran valor de la novela -que también me habla, afortunadamente, de ciudades, personajes y literaturas inundadas, anegadas, estragadas, y de ese tramado espeso que es el deseo o el amor o las dos cosas, con Dios o sin dios- por qué la insistencia, digo, que puede amenazar al texto, como lo prueba la esquemática crítica de José Promis en El Mercurio, que debiera, por último, negarse a repetir lo que el autor manda, pero que finalmente va pedaleando detrás de un juego que no lo es todo, porque nunca lo fue todo, ni siquiera para el Oulipo: la constricción, el desafío, el rompecabezas forma parte del proceso creativo y es en sí mismo un elemento estético, pero su resultado, ah, su resultado lo es también, y basta con leer ese libro demasiado mencionado pero poco leído de Queneau, Ejercicios de estilo, para darse cuenta de eso. Como también, leyendo a Queneau, darse cuenta de que la anécdota de Ejercicios de estilo, ésa sí que es realmente mínima y, a diferencia de la que inventa Torche (Pablo viaja a Venecia donde se encuentra con Chiara; una fuerte lluvia que inunda la ciudad acompaña las decisiones e indecisiones amorosas de ambos) permanece, pese a las dificultades, absolutamente intacta. Los libros de Queneau y Torche (sesenta años después) coinciden en que entre las modulaciones formales, algunas resultan espléndidamente poéticas (y en el caso de Torche, suficientemente irónicas). Pero los Pablos y Chiaras de Acqua alta –y éste es un hermoso riesgo que asume el autor- son de por sí seres proteicos, sobre todo las mujeres, sucesivas y temibles melusinas, nadjas, beatrices (dantescas y borgeanas) que en casi todas sus apariciones conforman un discurso humorístico, pienso que muy inteligente, sobre el eterno femenino, la virgen y la puta, pero también, de manera más solapada, sobre los propios discursos masculinos que la rondan.

Asimismo, es Venecia el escenario libresco que Torche escoge para sus variaciones, pero me parece que hay algo más que la parodia que Venecia inevitablemente atrae y provoca: esta Venecia, en la mayoría de los capítulos, es narrada por un atormentado narrador chileno (de la postdictadura). Con palabras que van de la exquisitez a lo ordinario citadino, con yuxtaposiciones que, localizando las reflexiones y conflictos de su protagonista, resultan, también (a ratos) vastamente universales.

Torche huele bien las palabras de los otros, sus lugares comunes, los amaneramientos de estilo, y al leerlos, de algún modo también los enseña y descubre a sus lectores (que pienso son un puñado más que los estudiantes del primer año de literatura fantaseado por Promis). Entre esas expresiones que captura hay una que me gusta mucho, tomada, supongo, de uno de los autores citados que a estas alturas era inevitable descubrir (cuando leí el tercer capítulo medio me reí y por otra parte, claro, me sentí indignada): la palabra tándem. Nadie la usa con más gracia que ese autor innombrable sobre el que también pensé en México, y en esta novela aparece también con gracia y me pareció que refiere muchos de los eventos narrados e incluso eventos que no son narrados en la novela, sino que son posteriores, o ajenos a ella pero de algún modo resonantes, como esto de las dos ciudades semihundidas en un tándem geográfico inexplicable, que las ha puesto una junto a la otra por obra y magia de una lectura de hotel, mellizas, arruinadas en una secuencia que supongo es una secuencia cósmica de ciudades y reinos caídos; o el tándem literario, que refiere al ejercicio de escritura y todos los ejercicios de lectura contributivos, en abismo, que repiten con otras palabras la palabra del autor; o el gran tándem sexual que es toda la novela y que, si bien a ratos pudo agobiarme (como me agobió, hace muchos años, por poner un ejemplo, El imperio de los sentidos), alcanza momentos bellos, como también de gran inteligencia y sobre todo, lo que más agradezco, de ironía y humor.


[1] (Según me contaron también en México, Machado de Assis, sabiendo que vivía en un país poco alfabetizado pero con una élite muy ufana de sus lecturas, gozaba intercalando citas de textos franceses, poniendo palabras de un personaje en labios de otro, reemplazando a su antojo obras y autores… Es por esto que, salvo aquellas citas que constaté –irónicas, aunque en uno de sus capítulos, muy por debajo, en su parodia, del autor original a quien no diré que venero, pero casi- no puedo decir nada de los otros autores y estilos citados en el capítulo 14, construido sobre fragmentos o esquirlas de párrafos, parrafadas algunas, salvo que lea textos que jamás alcanzaré, creo, a leer).